Muestras / Muestras anteriores / 2008 / Ver en la oscuridad - Curadora: Adriana Lauria - Octubre / Noviembre
“…no hay imagen que pueda pensarse radicalmente sino más allá del principio de visibilidad, es decir, más allá de la oposición canónica –espontánea, impensada– de lo visible y lo invisible. Todavía habrá que llamar visual a ese más allá, como lo que siempre faltaría a la disposición del sujeto que ve para restablecer la continuidad de su reconocimiento descriptivo o su certidumbre en cuanto a lo que ve. Sólo podemos decir tautológicamente Veo lo que veo si negamos a la imagen el poder de imponer su visualidad como apertura, una pérdida –aunque sea momentánea– practicada en el espacio de nuestra certidumbre visible... Y ciertamente es desde allí que la imagen se vuelve capaz de mirarnos.”
Georges Didi-Huberman. Lo que vemos, lo que nos mira , Buenos Aires, 2006, pp. 68 y 69. [París, 1992]
Ver en la oscuridad
No se veía nada. Un conjunto de líneas paralelas y oblicuas indicaban que una luminosidad anaranjada se filtraba por las rendijas de la persiana: en la calle había luz. Tan sólo la levísima fosforescencia azulada que contorneaba el resquicio de la puerta impidió que me la “tragara”. Caminé por el corredor penumbroso; una pequeña lámpara a batería –creo que se llaman LEDs– marcaba el límite del camino hacia el ascensor, un reflejo mortecino dibujaba apenas la trama de rombos de las puertas tijera.
Tuve que bajar por las escaleras. Mientras intentaba no resbalar en el mármol de los peldaños, recordaba otros apagones. Caminar descalza por el patio, con una linterna casi sin pilas, para prender el calefón mientras entreveía en la media luz la silla de estilo heredada, que parecía integrase al claroscuro de una antigua pintura. Eso era en la vieja casa de Ana, la de las puertas de chapa con adornos en roleo –de las que pueden encontrarse en apacibles barrios cuyos vecinos se conocen de toda la vida–, frente a la que todavía se podía dejar la bici sin candado.
Me imaginé qué estarían haciendo los chicos en el laboratorio. Si tenían luz, seguirían trabajando, siempre y cuando no se distrajeran con esas raras escenas que ocurrían siempre en la ventana entre el gato de al lado y algún pajarito –disfrutaban perversamente con esa tensión que no terminaba de resolverse–, o mirando pasar los aviones, o imaginando otros mundos, perdidos en fantasías vagas entre cielos estrellados y la pantalla de la computadora.
Logré salir pero estaba oscuro. No sé por qué la ciudad había desaparecido en las tinieblas. Sentí una briza suave pero fresca, más llena de aromas naturales que de tufos urbanos. Comprendí que estaba en algún lugar abierto, donde la presencia humana y sus gestos civilizatorios son más esporádicos y reina la tierra, la piedra y las plantas. Lo confirmé cuando lo único que escuchaba era al viento meciendo las copas de los árboles. Entre medio de las ramas y el follaje que se recortaban negros sobre el negro de la noche, una miríada de estrellas contrastaba los límites de mi entorno en medio de una oscuridad a la que mis pupilas dilatadas se habían adaptado. Me tendí en el suelo y contemplé con perseverancia el imponente espectáculo del firmamento nocturno tratando de mantener los ojos bien abiertos, evitando parpadear. Entonces percibí –al menos eso creí– el recorrido de la luna y las estrellas, las estelas luminosas que geométricamente dibujan al ritmo de la rotación terrestre.
Desperté convencida que había visto algo en la oscuridad del apagón, de la noche, de la evocación y del entendimiento. Ya despabilada, tuve ante mí el luminoso recordatorio de la pantalla en la que titilaba el cursor al final de una frase del texto que debía seguir escribiendo sobre la muestra que tenía entre manos.
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La fotografía trabaja con la luz y con la sensibilidad de los materiales sobre los que se plasma la imagen. Me gusta cuando los artistas fuerzan los límites de los elementos con los que acometen sus realizaciones y cuando lo hacen porque están seguros de que con ello, sugieren algo que quizás no tienen muy en claro, pero que se les impone.
Fascinados por la noche, la oscuridad, por las luces técnicamente “inadecuadas” para las tomas, por la ambigüedad y la intromisión de realidades bastardas a la ortodoxia del lenguaje fotográfico, incluyendo los a veces acrobáticos medios digitales –definitivamente incorporados–, Aguiar, Dubner, Ostera y Ziccarello, ofrecen sus indagaciones, sus meditadas experiencias con los recursos de la disciplina, muchas veces contradiciéndola, obligando al esfuerzo perceptivo para encontrar ese resto representativo, ese indicio de la presencia objetual, para el que, por lo común, pensamos debiera usarse la cámara fotográfica. Pero son artistas que exploran el borde mismo de lo reconocible, de lo representacional liso y llano que el medio técnico acostumbra a reclamar como distintivo.
Lo pictórico se renueva aún en la cita de claroscuros simbolistas de Aguiar –producto de una iluminación insólita por provenir de linternas y un planificado acto performático– o de las imágenes abstracto-geométricas de Dubner, descubiertas en el fragmento de un resplandor o en un detalle cromático, pacientemente capturados. El gesto conceptual de reforzar/alterar la realidad de la toma superponiéndole la tipografía figural de las fuentes de los procesadores de texto de Ostera, agrega humor, paradoja y pone en crisis el concepto mismo de realidad, en un mundo de virtualidad generalizada. Las largas exposiciones hacia cielos nocturnos en parajes alejados de las cegadoras luminarias urbanas, la manipulación de la posición de la cámara, más la colaboración astronómica de la evolución de la Tierra, determinan los dibujos estelares de Ziccarello.
Sus bellas imágenes nos obligan a entrecerrar los ojos, a hacer un ejercicio de discernimiento frente a lo que no se da como claro y distinto en una sola mirada. Nos ponen en el camino de colaborar como espectadores desde lo visual y lo interpretativo, para dejarnos llevar por la ensoñación o el desvelamiento que nos impulse y permita ver en la oscuridad.
Adriana Lauria
