Muestras / Muestras anteriores / 2010 / Gentleman. Curador: Carlos Espartaco
A posteriori, de la caracterización del Dandy; personaje inmortalizado por Baudelaire en los comienzos de la modernidad , marca su transcurrir en el siglo XIX alcanzando su culminación en el final de ese siglo, situación que manifesté y puse en acto en el año 2004, con una Instalación y la producción de un Libro de Artista, da lugar a un sucedáneo de otra estirpe y finalidades diferentes. En la ocasión, presentaré la segunda parte de este transcurrir histórico, a partir del Gentleman que inicia su itinerario a principios del siglo XX, manteniendo su vigencia hasta los comienzos de la Segunda Gran Guerra Mundial.
El personaje es introducido a través de sus conductas que surgen con motivo de una precisa educación, que tiene en cuenta la pertinente observación vestimentaria y su proyección en el tiempo que le toca vivir y le permite actuar en espacios y clubes privados, en los que desarrolla sus aptitudes toleradas por la tradición y el linaje de las castas.
Un dicho famoso afirma que el genio es “La disponibilidad ilimitada de darse y hacer”, una definición que encajaría a la perfección con la del Gentleman. El verdadero Gentleman es alguien que no deja nada al azar. No basta vestirse de manera impecable y observar cada detalle a la perfección. Todo debe ser cumplido al mismo tiempo. Desde su higiene personal a su manera de vestirse, su andar está codificado…
Anunciación del Gentleman
Aquí, tenemos la obligación de hacer algunas precisiones: un hombre no llega a ser un gentleman por la vestimenta que pone en evidencia y, viceversa, un verdadero gentleman mantiene su actitud también sin vestimenta. La vestimenta es la tarjeta de visita de nuestra personalidad. Y por esta razón, debería corresponder de acuerdo con la acepción de persona (máscara) a un rango sobresaliente de la propia personalidad.
El objeto de esta presentación (visual-textual, post-conceptual) es tratar de manera satisfactoria –exhaustiva el estilo exterior de un verdadero Gentleman. Con “estilo exterior” nos estamos refiriendo a un código de vestuario – ropaje, indumentaria-que hunde las propias raíces en Inglaterra y que hoy es reconocido en todo el mundo como estilo clásico. Todo aquel que se viste siguiendo las indicaciones de este texto podrá sentirse ‘elegante’ tanto en Londres como París, en Bruselas como en Roma, en Milán como Dusseldorf, Nueva York o Tokio, o en San Pablo o Buenos Aires si consideramos Latinoamérica.
El estilo del Gentleman es un abordaje de presunciones sobre medida y productos en serie de fragmentos exclusivos aunque también de pura y simple utilidad. Un jeans con un saco sobre medida ‘Harris Tweed’ es un atavío de fin de semana más que aceptable como el cómodo ‘mocasín’ con pantalón colonial y blazer azul de lana o gabardina. El estilo del Gentleman no significa obtuso conservadorismo. Las novedades que han sucedido y son estéticamente válidas encuentran siempre más favoritismo en el canon estilístico internacional de Londres, Milán, New York. Es el ejemplo del jeans. Aunque se haya requerido tiempo para introducir el pantalón de tela azul, hoy este capítulo ha devenido un elemento habitual del vestuario para el tiempo libre. Lo mismo vale para el saco ‘Husky’,nacido en los inicios de los años 60’,para afirmarse en todo el mundo en los años 80’,así como para ‘Tod’s de Diego Della Valle, que existía ya en 1979.Para sumar capas vestimentarias y accesorios de origen diferente en un complejo armonioso e interesante es necesario conocer la historia de elementos singulares. Este conocimiento puede naturalmente conducir a la creación consciente de una combinación –paradigma- nuevo e insólito, que otras veces puede ser punto de la intuición y del azar.
Sin embargo, aquel que prefiere no confiar en la intuición deberá adquirir mayor familiaridad con los elementos singulares del guardarropa de un Gentleman. La pequeña historia de la conducta vestimentaria parece anclar sus raíces en la Inglaterra del siglo XVIII y, sobre todo Londres es el emitente de este mensaje, deviniendo la capital de la moda en toda Europa.
Desde entonces, las islas británicas se transformaron en la rampa de lanzamiento de las novedades de relieve. Mientras la aristocracia francesa residía en la corte, los nobles anglosajones pasaban mucho tiempo en las tiendas de campaña. El pasatiempo preferido era la caza del zorro, que requería un estilo vestimentario absolutamente nuevo. El saco hasta la rodilla, demasiado largo para cabalgar, es acortado cada vez más. Como consecuencia, también el chaleco se hace más corto y los pantalones más adherentes. Este nuevo ‘Look’ es adoptado en toda Europa, y el inglés ‘Frockcoat’ deviene el ‘Fraque’ de los franceses y el ‘Frac’ de los italianos. La misma suerte le tocó al ‘Ridingcoat’ (redingote afrancesado).
Hasta el fin del siglo XIX el traje (hábito) setecentesco compuesto por ‘frac, chaleco y pantalones, pierde definitivamente el propio color, su regularidad. Se optó por la practicidad, sobre todo en el momento en que la contaminación invadía las calles y el aire ciudadano estaba impregnado de carbón. En contraste con el gris y el negro de la ciudad, en el campo los nobles reflejaban los colores de la naturaleza en sus chaquetas deportivas y de caza. Para poder endosar el cómodo saco del caballerizo también en la city, a cualquier desconocido creador de moda viene en mente la supresión del tejido de color oscuro. La línea del traje moderno con el saco corto y de reconducirlo en último análisis a esta evolución. Hoy resulta formal y rígido el traje oscuro, podemos consolarnos pensando en agregar en un cierto sentido la versión oscura, de un deportivo completo.
Pero la lección no se detiene aquí, vestirse como un Gentleman no requiere solo tiempo, sino también dinero. La adquisición de un (sobretodo) de buena calidad comporta necesariamente gastos ulteriores. En el endosar por primera vez un par de zapatos verdaderamente cómodos, producirá espontáneamente la superposición hacia un examen crítico el resto del guardarropa. Es inevitable que sin la exigencia de procurarse un traje de buena calidad, que regularía a su vez camisa y corbata a su nivel. En general, este proceso dura algunos años y es bueno que sea así. Un guardarropa debe enriquecerse como el acondicionamiento de una casa.
Es un recorrido individual, que puede y debe aspirar a un resultado original para cada uno. Porque como ya había dicho, la vestimenta es la tarjeta de visita de nuestra personalidad.
Las pruebas de su existencia
La descripción del Gentleman va a sufrir ataques y demostraciones lo suficiente
mente intensos que ponen en duda su existencia y selectas costumbres. Recordaremos entre otras, la reacción de Harold Laski, desde su posición de ‘curador’ de las costumbres inglesas y dispender ideológico.
A pesar de que sus estudios hipercríticos del Gentleman no apuntan directamente hacia el emergente individual de una sociedad que puso en marcha la revolución industrial, hay atisbos de su existencia. Y así comienza su reflexión: “… jáctase Inglaterra de que la idea de ser “gentleman” es propia de su pueblo y, creo que tal jactancia descansa sobre sólidos cimientos”.
Si vamos a analizar los ideales tiene el mérito de la simplicidad: El gentleman lo es de por sí, y no por lo que hace (los trepadores de la pirámide imitaron el exteriorismo de esta conducta, exigiéndole beneficios ad hoc de sus carreras profesionales y vana-glorias)
Y esto es debido, a que nada le interesa profesionalmente. Es decir, que se le permite cultivar sus aficiones, sus excentricidades inclusive, pero no debe ejercer una profesión. Nada de ocuparse del sórdido problema de ganarse la vida, y debe poder demostrar que, por lo menos desde su abuelo, ninguno de sus parientes cercanos se ha dedicado al comercio. Es deseable que haya concurrido a una escuela selecta, de preferencia Eton o Harrow; y es prácticamente esencial que haya estado en Oxford o Cambridge.
Tiene que saber montar, cazar y pescar (puso en marcha la secuela del entretenimiento frente al ocio cotidiano de la clase media y su elogio del Week-End).
Debe tener parientes en el gobierno y una fuerte vinculación con el servicio diplomático (Lawrence Durrell, el tunecino, Grahan Greene…confirman desde su puesto de escritores la pertenencia a esta regla). Es imprescindible que pertenezca a un club, y sea miembro del partido conservador, y deseable que sus ideas coincidan con las del Morning Post. Hasta los años cuarenta, la facultad de tolerar la riviera durante el invierno y de hacer una recorrida por las casas inglesas entre agosto y noviembre, constituye una parte valiosa, aunque no imprescindible de su equipo.
Corresponde ahora definir su geografía territorial interna y el no desbordamiento de su tesitura individual: “Puede considerarse que éstos son los cimientos sobre los que se eleva la superestructura definitiva. Pero hay algunos elementos emocionales e intelectuales que es necesario destacar. Sus autores favoritos deben ser Surtels y Kipling. Tiene que criticar la elasticidad moral de las novelas modernas.
Debe captar la sensatez de Gilbert y Sullivan;(el modelo es restaurado irónica
mente por Gilbert y George durante loa años 70,80 y 90,con su apariencia hierática y no intercambiable) carecen de todo profundo interés por Beethoven o Mozart; saben como llegar tarde a la ópera y su opinión sobre el teatro será que es un lugar en el que se busca diversión.
Situándolo en la segunda preguerra; una visita a París lo dejará con la sensación de una agradable proximidad al pecado, y ha de ser completamente incapaz de hablar un francés o alemán inteligible. Debe practicar de algún modo la mayoría de los deportes y creer que tal práctica es el secreto de la grandeza nacional, aunque en ninguno de ellos se destacará de un modo que lo distinga de sus compañeros, y poseerá la convicción de que el profesionalismo arruina el verdadero espíritu deportivo. De ninguna manera puede ser abstemio, salvo por prescripción médica.
Otras cualidades son importantes. No debe saber nada de economía política y, menos aún, acerca de la forma que se gobierna los países extranjeros. Cuando cene afuera, sabrá permanecer callado o limitar su conversación al plano que indica un correcto conocimiento de los chismes, sin dar muestras de peligrosa profundidad en algún tema especial. Puede entender de jardinería; y llegar a ser director de una compañía, siempre que no esté demasiado enterado de sus negocios. La conversación tiene que ser difícil y la elocuencia imposible. Debe sentir intensamente la belleza moral de los buenos modales y reconocer que llevar, por ejemplo, una corbata negra con un frac, por la noche es prueba –a menos que se trate de un camarero- de un origen plebeyo imposible de ocultar. Por último, si viaja debe regresar sin haber sufrido una deformación que le amplíe el criterio.
Por otra parte, hay grandes cualidades que no deben pasar inadvertidas. Cree con entusiasmo en el ‘Fair Play’ con los de su propia clase. Tiene el hábito del mando amable. Casi siempre es tolerante. Es invariablemente valiente y, con las mujeres (de su clase) caballeresco y gentil. Rara vez se vanagloria de sus vicios y le horroriza la exhibición de la virtud. Si bien olvida pagar a su sastre, siempre es puntual en lo que atañe a las deudas de juego.
Pocas veces extrema sus pretensiones y es intelectualmente demasiado humilde para tener opiniones de larga duración. Aun cuando rezonga demasiado, por lo menos debe reírse de sí mismo; y nadie es tan capaz de salir a flote con habilidad de una situación peligrosa. Goza con el ejercicio del poder y porque casi nunca sabe hacer dinero, es aún más raro que éste pueda corromperlo. Habiendo recibido en general una educación clásica, sabe, como Shakespeare, poco latín y menos griego. Sin embargo, este es el tipo que ha gobernado a Inglaterra, sólo con terminación de la primera guerra mundial su supremacía se vió seriamente amenazada. Porque el mayor acontecimiento de la historia inglesa fue el hecho de que no haya tenido una revolución en los tiempos modernos. La estructura social de Inglaterra quedó intacta, en lo esencial al menos, desde mediados del siglo XVIII; y un pueblo dotado del genio de la diferencia ha conservado por completo los privilegios de ocio y de posición ya otorgados. El inglés medio admira aún a la clase que no necesita ganarse la vida; se siente seguro y respetable en sus manos. Puede haber dudado de la capacidad de Lord Rosebery cuando éste publicó un libro, pero admitió su derecho de ser primer ministro en el momento que ganó el Derby.
Entre un inglés Self -Made y un noble cuya mentalidad no ha sido manchada por el pensamiento (Lloyd George y Mr Henry Chaplin),el inglés rara vez vaciló en elegir el segundo tipo. El trabajador casi nunca respeta a su patrón; pero es raro que no respete al par que vive de sus rentas. El empleador puede tener simpatía hacia algún trabajador determinado, pero como masa, está convencido de su ineptitud para el gobierno.
