Muestras / Muestras anteriores / 2010 / Todos los cuadros del mundo - Curadora: Victoria Verlichak
Sombras y suspenso en Todos los cuadros del mundo, la muestra de Estanislao Florido (Buenos Aires, 1977) que trabaja –en palabras del artista– “la noción de realidad aumentada, en este caso, de pintura aumentada”. Se trata de una penetrante experiencia que trasciende las orillas de la pintura y las normas del video, en la que Florido pone en cuestión y en relación ambas expresiones artísticas, representando quimérica y poéticamente la densidad del tiempo pictórico.
Florido –que concibe la historia del arte como un film circular construido por todos los cuadros alguna vez pintados, puestos uno sobre otro, repitiéndose, hasta el infinito– visita, corta y copia ciertas obras de la Colección Federico Jorge Klemm, a la que considera materia viva, energía moldeable, para desarrollar a través de sus propias y pregnantes imágenes una trama de novela.
Pertenecientes al acervo de la Colección, las magnificas pinturas de Roberto Aizenberg, Giorgio De Chirico, René Magritte, Xul Solar y Victor Vasarely son el punto de partida de un libre e inesperado itinerario de varias avenidas. El talento de Florido logra establecer un fecundo diálogo entre los trabajos de los maestros y sus animaciones digitales que, a su vez, interactúan con sus propias composiciones pictóricas. El artista transita plácidamente entre la pintura y el video, cultiva paralela y diestramente el oficio de la pintura y los vericuetos de la tecnología digital. Es un encuentro en el borde de ambos lenguajes que indaga sobre lo que ocurre entre ellos y busca adentrarse en un misterio que aún está por resolverse, si acaso.
Florido parte de la premisa que establece que se esconden 24 cuadros en un segundo de una película y se pregunta cuántos cuadros se ocultan dentro de un cuadro. Tras plantear el enigma, el artista genera una conexión física con la Colección, fundando puentes entre las obras y, simultáneamente, creando una historia dentro de la historia del arte. Así, elige ocho piezas entre cientos (habitualmente, el acervo de Fundación Klemm no se halla exhibido en su totalidad) y las convierte en una plataforma central de su narrativa. Pero, Florido se despega de cualquier impulso mimético y, como un alquimista, transmuta las imágenes de los maestros en elementos dúctiles con las que profundiza sus inquietudes y da rienda suelta a su imaginación.
La atmósfera de todas las imágenes que Florido eligió para deconstruir y transformar tienen algún punto de contacto con dos obras emblemáticas de la iconografía de Roberto Aizenberg (Argentina, 1928-1995) pertenecientes a Colección Klemm. Las pinturas, Torre y Monumento, se encuentran abrazadas por extraordinarios cielos y bucean en mundos gozosamente bellos y desoladoramente impenetrables; confirman que es posible hallar improntas metafísicas, desarrollos surrealistas, geometrías líricas en todo su trabajo. Desde el comienzo de su tarea, de Juan Batlle Planas y del surrealismo incorpora el automatismo como método de indagación, ejecuta una geometría poética (según definición del propio Aizenberg) y se aventura a expresiones emparentadas con la metafísica del temprano De Chirico; se asombra con el precursor Xul Solar, ese “especie de mago que pintaba”.
Precisamente, improntas metafísicas en el Risveglio de Arianna, del italiano Giorgio De Chirico (Grecia, 1888-Italia, 1978), el fundador de la Scuola Metafisica. Es un óleo de 1974 que enriquece la Colección y que revisita las arquitecturas silenciosas, imprevistas sombras y objetos, de las tempranas obras que le dieron notoriedad al artista. En el relato del mito de Arianna (Ariadna), la hija del rey Minos de Creta despierta en la playa de Naxos tras haber sido abandonada por Teseo a quien facilitó el hilo que le facilitó la salida del laberinto del Minotauro. En la pintura que utiliza como sustento Florido, Arianna es la figura reclinada de una desproporcionada estatua y pedestal, centrada en un plaza casi vacía que incluye una columna trunca y un abandonado cubo, arcadas clásicas, figuras pequeñitas no muy distantes y un panorama con montaña y casas bien retirado; esta configuración con aire metafísico bien pudo haber sido tomada de algunas de las versiones de Piazza d’Italia iniciadas en 1913.
Desarrollos surrealistas, por supuesto, en las inescrutables acuarelas de una gran carga conceptual de René Magritte (Bélgica, 1898-1967). Las piezas, hechas de sueños y de cuestionamientos acerca del contexto y de la realidad pictórica, interpelan al observador con su gracia e ironía. En La main heureux (La mano feliz) Magritte no pinta ninguna mano sino que representa un piano enjoyado con un anillo con un diamante. El título Les Fanatiques (Los fanáticos) sugiere algún tipo de confrontación, pero el águila oscura que sobrevuela el fuego parece remitir a la leyenda del Ave Fénix que muere para renacer en toda su gloria. El absurdo paisaje marino de L´àube a Cayene (El alba en Cayena), con una vela encendida y unas manos –con varilla y cangrejo– que surgen desde el agua, posee los resplandores del amanecer como lo único que refleja certeza; lo demás, incluidas las ramas suspendidas en el cielo, es una doblemente ilusoria propuesta que enciende la imaginación con la exótica referencia a la capital de la Guayana Francesa, en América del Sur.
Improntas metafísicas y desarrollos surrealistas también en Rochers, (Rocas), 1951, del pintor, escritor, músico, astrólogo, matemático Xul Solar (Argentina, 1887-1963), uno de los artistas más relevantes que emergieron en los años ’20, creador de una obra visual, mayormente de dimensiones muy pequeñas, anclada en sus visiones místicas y en símbolos que muestran su interés por lo esotérico. Con la inclusión de tres figuritas humanas y cuatro pasarelas, su misterioso trabajo, que incluye formaciones rocosas a la manera de tótems, sugiere la posibilidad de un estado de tránsito y posee una energía especial que surge de la luz que él le concede.
Lirismo y geometrías en Multiple de Victor Vasarely (Hungría, 1906-Francia, 1997), uno de los principales exponentes del OP Art, que instaura la ilusión de movimiento por la repetición en serie de un mismo motivo plástico, por las sutiles variaciones en tamaño, forma o series en distintos fondos. El arte óptico, como en este ejemplar de Colección Klemm, establece un coloquio retinal entre la obra de colores vibrantes y deslumbrantes signos y la mente del espectador que la reconstruye, condicionada por factores anímicos y culturales.
Este es el bagaje visual de Fundación Klemm que Estanislao Florido decidió llevar en su actual travesía pictórica y de animación para volar y trazar el argumento de esta movilizadora historia con final abierto. En varias proyecciones paralelas se pueden ver a dos enigmáticos jóvenes que, como sombras, deambulan individualmente por vistas atemporales, son los paisajes de la historia del arte que el artista exalta, desintegra y articula en renovados horizontes, seductoras formas y contenidos. Situados en extremos distantes, los dos protagonistas realizan un viaje que se intuye épico ya que, a su paso, subvierten todo calmada pero persistentemente.
En un momento, los personajes se reúnen en Todos los cuadros del mundo. Pero, no es posible discernir si cuando las siluetas, ya sea unidas o en solitaro, se asoman al fuego que estalla, a la torre que se desmiembra, a los inestables puentes, a la intrigante visión del piano con anillo, a las columnas que se desmoronan, al faro que ilumina esperanzador, y recorren los pisos geométricos que encantan, la amenazante selva, la serena playa, están expresando un punto de vista, un estado del alma o son únicamente testigos de la historia en acto que transcurre más allá de ellos. Lo que si es indiscutible es que Florido es un creador de imágenes de extrema belleza que sigilosa y armoniosamente, a pesar y por la transformadora destrucción que fraguan, inventan escenas y paisajes que aparecen tan naturales como prodigiosos, jamás vistos y siempre conocidos.
Con precisión y sin descanso, Estanislao Florido sigue, como en los últimos años, interrogando la naturaleza de la pintura y la del video. Con las siluetas sin rostro como vehículo, el artista proyecta y examina algunos y Todos los cuadros del mundo, dejando que el observador termine de tejer la historia de los jóvenes que marchan quizá desorientados, posiblemente felices y sin ataduras, por los fascinantes rumbos que propone el artista.
Victoria Verlichak
