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ROBERTO AIZENBERG. DIALOGOS con Carlos Barbarito

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Cuando me encargaron escribir unas líneas a manera de presentación para este libro de Carlos Barbarito sobre Roberto Aizenberg, me pregunté qué hacer. Enfrentarse a la hoja en blanco y que la mano desarrolle su movimiento con total autonomía de la voluntad puede ser angustioso ya que uno intenta penetrar en lo desconocido, lo misterioso.

Ambos adjetivos - desconocido, misterioso- están relacionados tanto con la obra como con la persona Aizenberg. A pesar de conocerlo desde la década del 60, no lo traté en muchas ocasiones, pero demostró gran generosidad al abrirme en 1995 las puertas de su taller, un mundo de orden hasta la obsesión.

Automatismo psíquico puro, por medio del que nos proponemos expresar, ya sea verbalmente, por escrito o de cualquier otra manera, el funcionamiento real del pensamiento. El surrealismo reposa en la creencia en la realidad superior de ciertas formas de asociación descuidadas hasta ahora, en la omnipotencia de la fantasía y en el juego desinteresado del pensamiento. Por más conocidas que sean estas definiciones de André Breton escritas en 1924, no puedo evitar mencionarlas por su pregnancia en relación con la obra de Aizenberg.

Pintor surrealista, hacía fe de ello. Se consideraba metafísico, renacentista en cuanto a la técnica. Ético, pulcro en el vestir, muy educado, se sentía continuador de la prédica de Breton en pro de una vida más alta en la que la dignidad del hombre sea respetada - quizás, algún día, se volverá al papel del artista como aquel que hace posible el ennoblecimiento del género humano

La obra de Aizenberg tiene carácter áurico, está imbuida de una espiritualidad que la hace trascendente. Cuando el contemplador se planta ante sus trabajos siente visceralmente que está ante algo importante, lo que conlleva un cierto temor reverencial. Las construcciones son fascinantes. Así se trate de torres, siempre inhabitadas, con sus sombras y sus ventanas que no permiten ver más allá, o de formas geométricas que se abren en abanico, desplazamientos en el paisaje, enmascaramiento de rostros y figuras. Cielos ominosos, melancolía en un cromatismo Aizenberg, a veces, restallante.

Riguroso, ascético, distante, solitario, sostenía que la condición básica de una obra de arte era la belleza. ¿Cómo definir este vocablo tan abstracto en referencia a su obra? Después de recorrerla, de mirarla desde adentro, de tener esa experiencia, el mundo se vuelve, como lo señala Hans - Georg Gadamer, más leve y luminoso.

Laura Feinsilber