Sansón y Dalila: Metáfora Contemporánea
ALEGORIAS DE LA DESTRUCCION
Fermín Fèvre
En la obra de Federico Klemm, el tema del mito es un hecho recurrente. Desde hace algo más de diez años se ha ocupado de los mitos actuales creados por la cibernética y los medios masivos de comunicación, que han configurado imágenes preponderantes de la sociedad virtual en la que vivimos. También incorporó a sus obras una serie de mitos que nos llegan del mundo antiguo y que perviven como paradigmas de nuestra cultura occidental. Están presentes, de una forma u otra, en nuestras vidas y mantienen fuertes lazos de unión entre el presente y el pasado. Constituyen narraciones paradigmáticas vivas, con rostros actuales que les dan vigencia. En otras de sus series, el artista planteó la superación del mito, llevando su creación hacia un evidente sentimiento religioso, intensamente vivenciado 0por circunstancias muy personales de su vida.
Para desarrollar este proceso creativo, Klemm utilizó diferentes medios expresivos: pinturas, fotopinturas, hasta fotografías digitalizadas desde una concepción pictórica. Tampoco han sido ajenos a ese proceso los programas de televisión que el artista viene desarrollando en los últimos anos con singular originalidad y repercusión. A través de ellos, el artista ha logrado un gran sentido de la comunicación que se pone de manifiesto de manera creciente en su obra. Por otra parte, las posibilidades de la computadora le han permitido realizar una constante investigación en los medios expresivos de la informática. Hay que destacar estas búsquedas en la obra del artista, que han contribuido a definir una identidad creadora que lo caracteriza y lo muestra en una gran plenitud de recursos.
Decía Carl Jung que no se puede vivir sin el mito y sin la historia, so pena de sufrir una mutilación. El arte ha sido muchas veces intérprete de esa necesidad y en Klemm aparece como un hecho natural. Para el gran Antonio Gaudí, «la originalidad consiste en volver al origen". Por lo demás, el mismo Heidegger encontraba que "el origen permanece siempre futuro", denotando así su carácter movilizante, impulsor de destino. Pocos como Gaudí lo comprendieron, ya que en sus obras arquitectónicas impares supo amalgamar distintas fuentes inspiradoras de culturas ancestrales con vivencias contemporáneas y un sentido de la modernidad que todavía hoy -a casi un siglo de sus creaciones más características- es motivo de admiración. En su época, muchos no lo entendieron y fue objeto de ataques e incomprensiones. Actualmente es considerado uno de los grandes creadores del siglo XX.
Con Klemm ocurre algo parecido. Hay en él cierta desmesura expresiva que sobrepasa el tono medio y medido que el arte de nuestra época, salvo muy pocas excepciones, cultiva. Por eso, su obra plástica trasciende las modas circunstanciales y no admite ser encasillada ni en las tendencias presuntamente hegemónicas del arte actual ni aún en las marginales que parecen acompañarlas. Esta identidad expresiva del artista debe ser destacada y preservada. A partir de este reconocimiento esencial podemos abordar esta nueva serie de sus obras, creadas a partir de la historia bíblica de Sansón y Dalila.
De manera palpable, las obras de Klemm requieren de una captación de sus significados y sentidos. La crítica de arte de los últimos treinta años se ha manifestado predominantemente formalista, rehuyendo de la interpretación de los contenidos. Más recientemente aún se la puede considerar avalorativa, ya que sólo ocasionalmente emite juicios de valor.
Es verdad que en el proceso que ha desarrollado, tanto de manera consciente como inconsciente, el arte del siglo que pasó se observa una notoria alteración entre significantes y significados. ¿Cómo lograr una cierta legibilidad de la obra que respete su carácter polisémico? ¿Cómo no absolutizar? ¿Cómo superar el verdadero trauma de significación en el que queda atrapada toda obra? Lo aparente eclipsa a lo real y casi es imposible sustraerse a la semiótica. Las formas perceptibles transparentan y al mismo tiempo ocultan, dialécticamente, los sentidos de las obras ¿Quién se atreve a correr los riesgos de la interpretación, particularmente cuando la crítica ha estado tan sometida a lo formal de los lenguajes cambiantes?
La obra artística de Klemm está cargada de alusiones y significaciones. Es narrativa y simbólica a la vez, recurre a la alegoría, a la metáfora y a diferentes figuras lingüísticas que el artista conoce pero que, de todos modos, desarrolla en forma intuitiva.
Hay que recordar que es propio del artista la posesión de un pensamiento poético; vale decir, un pensamiento mediado por la intuición. Como sabemos, intuir viene del latín intueri, que significa mirar atentamente, observar, ver. Es la percepción directa e inmediata de una cosa, ir hacia su esencialidad. Por eso, para Henti Bergson, la intuición es "la simpatía por la cual nos transportamos al interior de un objeto para coincidir con lo que tiene de único y, por consiguiente, de inexpresable". Esa captación intuitiva se pone de manifiesto en toda la obra de Klemm. Su mirada no pasa, principalmente, por una analítica reflexiva; está dominada por la intuición.
El pensamiento poético es para Heidegger simultáneamente pensante y poetizante; lo que nos recuerda a Kant en cuanto a que la obra artística es siempre la percepción de un concepto insuficientemente representado. Esa insuficiencia en la representación, que establece una inadecuación constante, lleva a la recurrencia, a la reiteración en las búsquedas, al "eterno retorno de lo mismo", para decirlo en términos nietzscheanos. De allí el mito como narración paradigmática que se reitera de manera diferente, aunque constante.
En la ciencia de la mitología, Jung dice que "ningún arquetipo puede reducirse a simple fórmula [...]. Es un recipiente que nunca puede vaciarse y nunca puede llenarse, ya que persiste a través de los tiempos y requiere siempre de una nueva interpretación".
El mito ilustra, por lo general, creencias, ideas, doctrinas y muchas veces pone en evidencia sentimientos religiosos. Sus descripciones y narraciones son predominantemente imaginativas. Su fundamentación ontológica está más allá de la condición ficticia que la traduce y constituye un eje movilizador que le da vida.
En esta oportunidad, Klemm ha elegido para su nueva serie el tema de Sansón y Dalila, que ya había abordado tangencialmente con anterioridad. Se trata, como sabemos, de un tema bíblico que hallamos en el Antiguo Testamento en el libro de los 3ueces. Comprende en él a los capítulos que van del 13 al 16. El libro de los Jueces continúa, de algún modo, la historia de Josué. Abarca casi dos siglos, del 1200 al 1040 a.C. aproximadamente. Trata de los libertadores providenciales de Israel. Se atribuye la autoría a Samuel, pero también a algún anónimo escritor de los tiempos de David o de Salomón. Entre otros temas, trata acerca de las heroicas hazañas de Sansón.
El poderoso Sansón, todo un símbolo de la fuerza, y admirado por ello, es un Nazareno consagrado a Yavé desde el seno materno. Fue predestinado y su nacimiento resultó prodigioso, al provenir del vientre de una mujer estéril que había sido visitada por un ángel de Yavé. Su fuerza inusitada provenía del espíritu de Yavé. Gracias a ella se enfrenta con los filisteos, mata a miles y protagoniza episodios crueles. Según la narración bíblica, Sansón juzgó a Israel en tiempo de los filisteos por espacio de veinte años. Llega el día en que en el valle de Sorec se enamora de una mujer llamada Dalila. Los filisteos se valen de este hecho para querer averiguar a través de ella la razón de su fuerza. Sucesivos intentos no logran su objetivo hasta que Sansón le abre el corazón a su amada y le dice que sólo si la navaja afeitase su cabeza, quedaría reducido a la condición de cualquier hombre. La traición de Dalila, por dinero, se hace evidente. Lo duerme y le recorta la cabellera. Con ello, Yavé se habla retirado de él. Los filisteos lo apresan, le arrancan los ojos y lo llevan encadenado a Gaza, poniéndolo a dar vueltas a una muela en la cárcel. Después de haber sido rapado, el cabello de su cabeza vuelve a crecer. Mientras tanto, los príncipes de los filisteos se reunieron en el templo de su dios, Dagón, para celebrar la captura y derrota de Sansón, aquel enemigo que devastaba sus territorios. En medio del jolgorio sacan a Sansón de la prisión y lo llevan al templo para divertirse con él. Llega llevado por un lazarillo y se coloca entre las columnas, en medio de la multitud. Es entonces que invoca a Yavé pidiéndole fuerza para esa vez. Apoyándose en las dos columnas principales Sansón dice 'muera yo con los filisteos!". El templo se desploma sobre el pueblo, causando su propia muerte.
Este texto ha dado lugar a múltiples lecturas. En la tradición bíblica del pueblo de Israel sometido se enfrentan dos pueblos rivales y dos sistemas de valores éticos y culturales diferentes. Está el tema de la fuerza divina en el hombre elegido, el de la traición, el de la ceguera, el del dolor y la plegaria, el de la propia 0muerte como expiación, el de los libertadores providenciales de . Israel y numerosas asociaciones más, como el pecado de haberse olvidado de Dios y devolver a los hebreos su condición de esclavos. Adentrarnos en estos temas distraería del objeto principal de este texto.
De la narración bíblica brotan numerosas alegorías y metáforas. Muchas de ellas han sido recreadas por expresiones artísticas de distinto tipo. Baste recordar tan sólo la ópera de Camille SaintSaens ( 1867).
La relación Eros - Tanatos plantea esa misteriosa vinculación entre el amor y la muerte, materia del arte de todas las épocas. El concepto de fuerza vital conlleva el del alma y el destino. Las simbologías del cabello humano son múltiples y en general entrañan propiedades y virtudes vinculadas a la fuerza física y moral. Ha sido considerado, también, un símbolo mágico de la identificación. Algunos pueblos vieron en ellos el asiento del alma. Como símbolo de la virilidad, es preciso recordar que es en la edad viril el momento en que se dejan crecer los cabellos como signo identificatorio. Eso ha ocurrido en diferentes culturas. Así, en China, los cabellos rapados significaban una mutilación que impedía el acceso a determinadas funciones. En la iconografía hindú, los cabellos sueltos eran características de las divinidades más terribles. Los cabellos, por otra parte, han sido signos distintivos de clase social, de lugar de origen o de épocas, a través de las modas y de los tiempos.
Klemm presenta sus obras dentro de la concepción renacentista albertiana del cuadro, como una "ventana" que escenifica la vida. Esto se puede observar, de manera saliente, en el sentido escenográfico de sus composiciones. Son como grandes escenografías que reclaman la mirada participativa del contemplador. Por eso son en su mayoría frontales, de cara a quien las observa. Cuando utiliza el espejo o las imágenes duplicadas en diferentes planos, se mantiene la frontalidad. La simultaneidad de perspectivas subraya esa circunstancia. La teatralidad es evidente y deliberada. Predomina, por lo demás, la alegoría, al realizar una representación simbólica de las ideas desde la ficción. La suya es una evocación imaginaria de conceptos anidados en un inconsciente cultural que está configurado por una pluralidad de significaciones y sentidos dados por la narración bíblica, conocida, sin duda, en la infancia, como un relato modelo de índole moral. Su pervivencia responde a una identificación de valores y creencias. De allí su gran pregnancia en el artista.
Al abordar el tema de Sansón y Dalila, Klemm recurre a la cita posmoderna. El pasado es revisitado, hallando en él una problemática actual. Se establece así un vínculo con la historia en una mirada hacia atrás que la valoriza. No estamos ante el rechazo "progresista" de la modernidad, que respondía a una visión hegeliana concebida como una relación eslabonada de la secuencia histórica con sentido teleológico. Esa cita es, al mismo tiempo, una recreación libre, imaginativa y abierta. Se sintetizan en ella los conceptos esenciales de la narración original, de la que se extrae su sustancia. La atmósfera creada en cada una de las obras '~ tiene la irrealidad de la atemporalidad. Hallamos un aspecto cósmico manifiesto. Un ámbito que el creador sitúa para su obra. Lo representado corresponde a una situación que escapa a sus referentes históricos al quedar despojada de las coordenadas del espacio y del tiempo. Entonces, advertimos esa dimensión cósmica que no permite una identificación temporal. Todo está planteado en un universo de esencias.
Un sentido nocturno, lunar, se hace presente en algunas de las composiciones, acentuando, de ese modo, una significación trágica. Aunque el artista utilice la fotografía digitalizada, la intención es siempre pictórica. Por eso, la resolución plástica está despojada de lo obvio y se vale de la ambigüedad metafórica (Maurice Merleau-Ponty sostenía que esa condición ambigua era propia del arte del siglo XX).
Klemm elabora diferentes oposiciones sintácticas. Optimismo vital y tragedia existencial; fuerza y destrucción; poder divino y debilidad humana; pasión y muerte; exaltación y sacrificio; el triunfo y la derrota; lo posible y lo imposible; la danza y los escombros. En sus imágenes aparecen metáforas cristalizadas. Algunas formas están fragmentadas; otras se reiteran multiplicándose de manera diversa y en distintas escalas. Cierta espectacularidad en los encuadres crea una atmósfera apocalíptica.
La narración queda instalada en un tono de tragedia, más nietzscheana que wagneriana (aunque se ha insistido, por simplismo, en una condición operística que la obra de Klemm no tiene). El cuerpo humano en particular el masculino- posee un gran protagonismo. Como en Caravaggio, el desnudo se manifiesta en una dimensión inquietante, en si misma muy expresiva.
Dentro de esta serie dedicada a Sansón y Dalila, encontramos ~, algunos grupos temáticos: "Amor, pasión y muerte" (dos obras); "Premoniciones" (tres obras); "La liberación de las fuerzas" (tres obras); "Incandescencias" (cuatro obras); "La sensualidad de la ceguera" (cuatro obras); "Inmolación" (cinco obras). El conjunto de esta veintena de obras integra la totalidad de la serie, presentándose como una metáfora contemporánea del relato bíblico mitificado.
El artista se vale, en cada caso, del potencial expresivo de las formas y de la teatralización de las situaciones en el escenario atemporal en que las ha situado. Los colores responden, en gran medida, a los de la liturgia católica: rojo (amor - pasión); negro ~(muerte); púrpura (pecado - penitencia); blanco (pureza, inocencia, incontaminación). Los emplea en razón de su función simbólica. El mundo invisible de la psique se pone de manifiesto en el proceso creador de una manera misteriosa.
Si tuviéramos en cuenta los antiguos preceptos de John Ruskin, las rectas deberían considerarse como manifestaciones del infinito y de la eternidad, mientras que las curvas lo serían del cambio y la mutabilidad. A la vez, el círculo denotaría equilibrio; el y cuadrado, quietud, etcétera.
En la mirada de Klemm hay un sentido trascendental, cercano al de una visión mística. En sus imágenes se desliza, con dramatismo, la angustia existencial. El hombre queda atrapado en las estructuras materiales del templo que se derrumba cayendo sobre todos, provocando, incluso, la muerte de Sansón.
Hay que considerar la personalidad del artista. Klemm es un hombre espiritual, que rechaza el materialismo consumista y su estrechez de miras. En su metáfora plástica encontramos un sentido apocalíptico. La destrucción sobreviene cuando el hombre abandona a Dios y queda desposeído de su verdadera fuerza, que le viene de Él. La materialidad del templo lo aprisiona y le produce la muerte. Esa actitud espiritualista la hallamos en el hecho de que el artista sea, al mismo tiempo, un coleccionista de arte muy destacado, con tanto sentido de desposesión que ya ha dado destino a su colección, abierta al público, para después de su muerte. El verdadero coleccionista es aquel que sabe que sólo es un administrador de su colección que está creada por un acto de desposesión y de amor.
Hay en su obra plástica una fuga hacia la irrealidad para mostrar la realidad. Por eso encontramos en ella la inocencia y la tragedia del pensamiento utópico. El idealismo, con su resabio romántico, no deja de estar presente. Habría que recordar las palabras de Goethe, cuando decía que "el romántico se lanza de cabeza hacia todo lo oscuro y ambiguo, caótico y extático, demoníaco y dionisíaco, y busca allí el refugio de una realidad que es incapaz de domeñar por medios racionales." Es así que entendía que dos almas moran en su pecho, el demonio y el juez.
La metáfora plástica de Klemm tiene esa intensidad ambigua, contradictoria y premonitoria. Es, finalmente, aleccionadora. El presagio de derrumbe y autodestrucción está muy arraigado en nuestra cultura y el siglo XX ha sido un ejemplo patético de ello. El episodio trágico del 11 de septiembre de 2001 con la torres gemelas de Nueva York derruidas y las secuelas de guerra en Afganistán, así como los actos de terror en el Medio Oriente y en distintas partes del mundo, corroboran en estos días un sentido fanático que impulsa con su destrucción una falsa idea de redención.
Hay una instancia más a considerar. Es la determinada por esta obra llena de presagios y la relación con nuestro medio: un país que se derrumba, que por la ceguera de sus dirigentes ha caído en una crisis inédita por lo profunda. Disgregación, caos, corrupción, pérdida de identidad; presagio de destrucción y de muerte. Hace más de cincuenta años, el escritor polaco Witold Gombrowicz escribió su Diario argentino. Perseguido por la guerra europea llegó a nuestro país en 1939 y residió aquí veinticuatro años. En el prefacio de ese libro señala que "generalmente se dice que la Argentina no existe, o que existe pero no como una realidad, o que existe, sí, pero como algo aún embrionario, doloroso, desesperado…que el argentino todavía no ha nacido yde ahí su dolor y su vergüenza."
Gombrowicz amó y padeció a la Argentina al mismo tiempo. Lo que más le atraía de ella era su estado embrionario, la ausencia de escala de valores (en el sentido que ello podía tener en cualquier país europeo). "El argentino no cree en sus propias jerarquías, o las considera como algo impuesto", señalaba. Los nacidos en el exterior o los argentinos de primera generación, como podemos serlo KIemm o yo mismo, no podemos adecuarnos a esta circunstancia. De allí un cierto desajuste con la realidad aceptada de la Argentina y la necesidad de buscar horizontes que la superen y le brinden, al mismo tiempo, un horizonte nuevo afirmado en valores.
La metáfora plástica del Sansón y Dalila de Federico Klemm es, en ese sentido, rigurosamente contemporánea.

